El pueblo de Camembert, en Normandía, tenía ya una larga tradición en la producción de pequeños quesos redondos de vaca cuando en 1790, huyendo de la revolución, el cura de Meaux se refugió en la casa de la quesera Marie Harel y le enseñó a usar el tipo de fermentación de los quesos de la Brie (cerca de Paris).

El quesito, ahora vestido de blanco por la gracia del fermento “Penicillium Candidum” fue consagrado en la exposición universal de Paris en 1855 cuando Napoleón III lo elogió con gran énfasis y besó públicamente a Marie Harel.

En efecto, el fermento Penicillium Candidum no solamente es comestible, sino que confiere una gran digestividad al queso: los franceses se atreven a afirmar que un buen Camembert acompañado de una copa de vino tinto de calidad constituye una excelente terapia contra los males y enfermedades de la vida moderna.